La Salvación: Texto


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LA SALVACION

El Faro Artiglio

salvacion-bPocos se acuerdan hoy del Faro Artiglio que, más allá de los médanos, yace abandonado en un filo crudo de los Acantilados de la Bestia; pero en aquella torre, no hace mucho, se criaron los hermanos Juan y Solo Clementi.

Huérfanos de madre desde nenes, los chicos crecieron con su padre, don Averno Clementi, guardafaros de oficio y responsable de balizas. De temperamento parco, el viejo se curtió desde pibe con los fareros daneses de la vieja escuela, hasta que el Servicio de Hidrografía Naval, luego de 25 años, le encomendó el Faro Artiglio y sus finas lentes de Fresnel.

Sus tiempos de aprendiz habían quedado muy atrás cuando sus hijos nacieron, pero don Averno Clementi, más que viejo, era un hombre sombrío de ojos anulados y rostro marchito de sal, lo que le otorgaba un semblante que resultaba pavoroso. Encerrado en sí mismo, lleno de secretos, aquel hombre educó a los dos niños casi sin hablarles; en su lugar, los enseñó a entender sus gestos y sus señas.

El rey del swing

Su padre no les hablaba mucho, pero los hermanos Clementi aprendieron a temerle al invierno: junio parecía despertar algo muy sombrío en el viejo, quien día tras día subía a lo más alto del Faro Artiglio y esperaba a que los nubarrones oscuros se amontonaran en el horizonte. Así, cuando el oleaje de los Acantilados de la Bestia se volvía violento, los chicos sabían que su padre bajaría del faro y les contaría la historia.

—“El rey del swing”, me llamaban —afirmaría el viejo, desempolvando antiguas fotografías y relatando historias de grandes bandas, mientras su sonrisa se iba desencajando.

El final de esos episodios sucedía cuando la tormenta tocaba tierra; entonces don Averno Clementi abandonaba a los chicos y subía hasta el balcón del Faro Artiglio a retar el temporal con sus mejores pasos de swing.

salvacion-cMuchas veces, mientras crecían, los hermanos Clementi comentaron a solas lo aterrador que resultaba mirar cómo su padre pasaba de la austeridad más opaca a una excitación brutal, trágica.

Aquel año la sudestada llegó a mediados de julio y, como lo temían, el rito de las fotos, de anécdotas empapadas de euforia, sucedió. Pero los hermanos dejaban de ser niños y el viejo pareció notar cierto escepticismo en su mirada; entonces, para probarlo, hizo que lo siguieran cada tramo hasta la punta del faro.

Los niveles de la torre se sucedieron uno a uno y cuando alcanzaron la vidriera los hermanos Clementi reventaban de terror. Sin embargo, aquello no fue suficiente: su padre, por la fuerza, subió con los chicos a la cúpula misma del Faro Artiglio, del lado que daba al ancho mar, con los Acantilados de la Bestia a sus pies.

Bajo la tempestad, en oscuridad absoluta —tan sólo con el destello del faro—, Juan miró a su padre sostenido del pararrayos apenas de una mano, tomándolo a él con la otra y a Solo hincado a su lado, aferrado de sus piernas.

Nunca olvidaría cómo logró soltarse de su padre ni que, siendo apenas un año mayor que su hermano, logró cargar a Solo en sus brazos para huir escaleras abajo.

—¡Regresen, malparidos! —gritaba don Averno Clementi— ¡Estoy bailando!

El rostro de Solo, más de bebé que de pibe, temblando de terror en aquella cornisa fantasmal, quedó tatuado en la memoria de Juan para siempre, detonado algo muy extraño en su percepción.

Su padre jamás se lo perdonó: don Averno Clementi y su hijo Juan no se hablaron más ni siquiera con señas.

El profesor Galíndez

Cuando tuvieron edad de ir a la escuela, los hermanos Clementi imaginaron que la convivencia con otros pibes aliviaría un poco su vida áspera en el Faro Artiglio, pero allí fueron recibidos por el severo profesor Galíndez.

—Señores alumnos: la clase va a comenzar… ¡No quiero escuchar ni el ruido de una mosca! —advirtió aquel hombre imponente el primer día de clases.

salvacion-dPoseedor de un magnetismo que parecía hechizar a sus alumnos, Galíndez pervertía su virtud en vicio al ejercer un dominio brutal en los chicos, sometiéndolos con culpas inexistentes que los lastimaba en lo más íntimo.

—¡Conmigo aprenderán el rigor de la templanza!

Empleado en su juventud del otrora Ministerio de Bienestar Social, Galíndez había estudiado los “secretos develados” de la Astrología esotérica y, convencido de que las frecuencias vibratorias bajas que los pequeños generaban con su temor eran energía pura que lo nutrían, intentaba aplicar el “Sistema abreviado de astrología” a la educación primaria.

Práctico, de temperamento más parecido al de su padre, Juan Clementi amortiguó de buena manera el rigor disciplinario de Galíndez y, quizá debido a ese talento para lidiar con los números que descubrió en clase, reprimió todo rasgo que lo delatara sensible. Pero Solo no corrió con la misma suerte: de naturaleza creativa y muy perceptivo, era también un chico inseguro y distraído, conducta que se rompió en pedazos contra los moldes de piedra del Profesor Galíndez, quien lo ubicó de inmediato entre sus presas favoritas.

Algunos piensan que el destino de Solo Clementi fue sellado desde aquella época triste del colegio.

Pasadizos secretos

Un domingo, hacia el final del verano, los hermanos Clementi jugaban en lo alto de los Acantilados de la Bestia y, mientras Solo hacía su acostumbrada búsqueda de pasadizos secretos en la pared exterior del Faro Artiglio, Juan siguió el vuelo de un insecto hasta una camelia; y allí, en las hojas mismas del arbusto, encontró cuantías numéricas esperando ser interpretadas.

No se sabe qué fue lo que Juan entendió de aquel código, pero entonces miró un par de nubes solitarias que, desde el mar, parecían dirigirse hacia él; y fue cuando las tuvo sobre la cabeza que percibió patrones perfectamente definidos en sus formas, los cuales decodificó de manera automática en números interpretables.

El tiempo dejó de tener sentido para Juan y, mucho después de que las nubecillas se habían disipado, su hermano se acercó corriendo.

—¡Parece que ahora sí! —exclamó Solo emocionado— ¡Juan! ¡Ahora sí encontré el pasadizo!

Pero Juan no estaba más allí.

—Las nubes dicen que puedo leer los sueños… susurró.

Desde esa misma noche Juan buscó números en sus sueños, aunque pronto comprendió que en los sueños no existen las letras ni los números; entonces intentó identificar símbolos y patrones, que para él eran traducibles a lenguaje matemático.

Bailando con el diablo

salvacion-fConvertido en anciano desde hacía mucho, con sus hijos entrando a la adolescencia, don Averno Clementi se fue aislando en los niveles más altos de la torre, donde la desolación de su rostro se extendió muy rápido a sus manos y a sus piernas. Su alma se consumió de tal forma, que incluso renunció a su espantoso ritual, o al menos eso pensaron sus hijos: una tarde, con los vientos del Sur presagiando la tormenta, el viejo decidió que era buen momento para limpiar las lentes de Fresnel; realizó su tarea con delicada paciencia y fue hasta muy noche que encendió el Faro Artiglio.

Solo encontró su cadáver la mañana siguiente; no lo tocó, pero se acercó lo suficiente para nunca olvidar a su padre muerto: el rostro y la mano izquierda del viejo parecían hechos de arena, mientras su cuerpo, calcinado desde dentro, acusaba unos huesos flácidos bajo la campera. Los dedos carbonizados revelaban que el rayo había entrado por la mano derecha y salido por el pie izquierdo, con la suela de la bota destrozada hacia el piso. El hombre que durante tantos años encendió el Faro Artiglio, había bailado al fin con el diablo.

El muchacho bajó corriendo las escaleras, pero no dijo nada; en su lugar buscó lápiz y papel, y comenzó a dibujar. Fue después del mediodía que Juan pasó a su lado y se asomó a lo que hacía.

—¿Qué son esos manchones? —preguntó, sin sospechar que su hermano intentaba dibujar la textura de arena de la piel calcinada de don Averno Clementi.

—Papá murió —respondió Solo y hasta entonces se quebró.

La pérdida fue para ambos, pero de los hermanos Clementi fue Solo quien lloró al viejo; durante años intentó dibujar la textura perfecta sin conseguirlo, hasta que decidió dejar la hoja en blanco, logrando una verdad absoluta.

Juan, por su parte, con la ausencia verdadera del padre, fue que realmente lo conoció: el viejo comenzó a visitarlo en su forma espectral. No volvieron a hablarse, pero el pibe había aprendido muy bien a reconocer sus gestos y sus señas. Así, cuando de pronto despertaba con la aparición a los pies de la cama, simplemente lo miraba y, sin hablar, comenzó a entablar todos esos diálogos que jamás sostuvieron. Fue de esta forma que el espectro de don Averno Clementi le sugirió estudiar los códigos de la numerología en su beneficio.

Huesos rotos y hemorragias internas

salvacion-hMenos de un mes después de esparcir las cenizas de su padre desde lo alto de los Acantilados de la Bestia, el mismo empleado del Servicio de Hidrografía Naval que los asistió con el funeral, les notificó a los hermanos Clementi que debían desalojar la torre: el Faro Artiglio fue desmantelado de sus lentes de Fresnel y jamás volvió a brillar.

Los chicos se mudaron a la Capital, a lo de una prima lejana de su madre, pero además de brindarles su techo, la tía tampoco miró jamás por los chicos. Sin educación formal y teniendo que velar por su hermano, Juan Clementi trabajó donde pudo, hasta que luego de un par de años, por casualidad, llegó a las mesas de dinero, donde comenzó a destacar por su habilidad innata y muy pronto su prestigio trascendió las esferas financieras. El costo de esa carrera en ascenso fue su sensibilidad, pues se volvió frío, pragmático, casi indolente.

Por ese tiempo comenzó a tener una pesadilla recurrente: mientras surca una ruta oscura, quien maneja pierde el control y el auto se desbarata en violentísimas piruetas. Con el dolor de huesos rotos y hemorragias internas, Juan sufrió muchas veces su propia agonía; al final del sueño, sin embargo, experimenta una sensación de paz absoluta mientras se desprende de su cuerpo.

Noches enteras dedicó Juan a analizar su pesadilla que, cargada de símbolos y mensajes encriptados, le obsesionaría por años, pues comprendió que al descifrarlos conocería la fecha exacta de su muerte.

El bachiller

Con empleo fijo, Juan decidió abandonar a la tía y los hermanos Clementi se mudaron a Tigre. Trabajando duro a veces hasta en domingo, instó a su hermano a terminar el bachillerato, pero la personalidad de Solo se configuraba en la de un chico inconforme, aunque extremadamente sensible, y ya comenzaba a percibir lo podrido de ese mundo que lo tachaba de raro. Por ello prefería aislarse días enteros, garabateando poemas malos.

—Nosotros somos los olvidados —solía decir, refiriéndose a su generación.

Con los impulsos brotándole por los poros, Solo despertó una mañana y sin motivo abrió las persianas; miró el sol de frente, pero no lo sintió; en su lugar percibió el vacío, como si la nada lo habitara de pronto. Desde entonces siempre tuvo frío y se enfundó en camperas enormes.

Así comenzó a hacerse el hábito de vagar por la ciudad siguiendo el sol y, sin percatarse, se dedicó a mirar a la gente común, buscando en sus rostros verdades humanas. Y repitió su rutina por mucho tiempo hasta que, una mañana, el sonar de una alcancía de lata llamó su atención: era un vagabundo que pedía limosna. Solo Clementi sonrió: ese era el primer ser humano real con el que se cruzaba en años; sacó el resto de sus monedas y el tintineo del dinero en la lata —metal golpeando metal— le brindó calor en mucho tiempo.

salvacion-iEl muchacho descubrió ese día que no estaba loco y se permitió sentir.

Nunca acabó el bachillerato, es cierto, pero buscando respuestas, comenzó a leer. La biblioteca de la Universidad de Buenos Aires fue quizá el mayor descubrimiento de su vida: además de libros, había siempre allí papel y birome suficientes para sus notas, para escribir sus poemas malos.

Mil días

En pocos años Juan Clementi se volvió un reconocido consultor de empresas y gobiernos, lo que devino en ofertas que le proponían incluso redirigir su conocimiento a la astrofísica. Pero siempre se resistió; siempre hasta que fue seducido por los Yo Robot.

Conocida con muchos nombres a través de los tiempos, se dice que esta logia impuso la vida mecanizada de las sociedades, haciendo que la creatividad de los hombres se consumiera en su deseo enfermizo de poseerlo todo.

Fundamentando su influencia en la numerología caldea, los Yo Robot afirmaban que el dinero —simples pedazos de papel— libera vibraciones simbólicas que caen en forma de hechizo en el alma de los mortales, quienes terminan creyendo en su cualidad irreal.

Para perpetuar el maleficio, los Yo Robot han reclutado durante milenios a personas con capacidades algorítmicas superiores, quienes son iniciadas en corrompidos rituales para que su magia se expanda de mano en mano, quedando inmunes sólo algunos elegidos de cada generación, casi siempre artistas, filósofos y gente libre de espíritu.

Juan abrazó el dogma del dinero y se sumergió en lo más profundo de esa tiniebla, pues los Yo Robot, más que riquezas o poder, prometieron enseñarlo a interpretar los sueños. Su cambio fue notorio: comenzó comprándose un auto alemán, pero cuando le propuso a su hermano que se mudara con él a Belgrano, Solo simplemente lo abrazó con todo su amor y lo despidió del pequeño departamento de Tigre.

Sin embargo, nunca perdió de vista su objetivo: después de años de emplear matemáticas discretas para decodificar los símbolos de su pesadilla, una madrugada, casi al alba, Juan Clementi determinó la fecha exacta de su muerte: según sus cálculos, le quedaban mil días de vida.

Los olvidados

salvacion-jDepresivo desde los tiempos del colegio, Solo Clementi recayó luego de que su hermano se mudara a Belgrano. Sufrió media docena de crisis severas y, con la cocaína a ratos, se le aceleraba la tristeza.

Y fue al despertar de una noche difícil en terapia intensiva que percibió la contradicción de las emociones impuestas: la miseria de poseer en vez de crear, la necedad de demostrar sin exponerse, el deseo enfermizo por pertenecer y negarse a razonar por fin se le habían revelado. Se sintió enfermo, fragmentado. La nada, otra vez, se apoderaba de él.

De esta forma, sin saberlo, se supo artista.

El despertar de La Nueva Ola llegó justo a tiempo, pues Solo Clementi se dedicó a digerir todo el material que caía en sus manos. Y no pasó mucho tiempo para que, con más entusiasmo que talento, formara una banda al lado de un vecino de Tigre y de un estudiante de ingeniería a quien había conocido en la biblioteca. Se bautizaron “Los Olvidados” y sobre la marcha aprendieron a tocar sus instrumentos. Apenas un par de meses después, tocando poco y nada, Los Olvidados tuvieron su primera presentación en un local subte de Buenos Aires.

Pese a su semblante lóbrego, ayudado casi siempre por alguna substancia, Solo Clementi había encontrado en el rock un pretexto intenso e inobjetable para continuar viviendo.

Mamá

El espectro de don Averno Clementi se le siguió apareciendo a Juan recurrentemente, hasta que finalmente el chico decodificó el mensaje de su padre:

—Irónico, ¿viste? —decía el viejo— Yo, que estuve la mayor parte de mi vida metido en un faro, hoy estoy muerto en la tiniebla…

Juan comprendió así que el alma del viejo yacía varada en el limbo, sin condena, pero atormentada por la muerte de su esposa: Celia Clementi.

Los chicos nunca supieron cómo murió su madre, pero esa noche Juan conoció la verdad: una tarde de julio, pese al aviso de tormenta, sus padres asistieron a un torneo de swing. El viejo dejó el Faro Artiglio encendido y a los nenes los encargaron hasta el otro día con una niñera del pueblo.

Al final del torneo, debido en mucho a sus pasos arriesgados luego de tres copas, don Averno Clementi obtuvo de nuevo el trofeo al “mejor bailarín”, lo que no le hacía del todo feliz. Pasada la medianoche volvieron a casa y, durante el trayecto, el viejo se siguió embriagando mientras mascullaba reproches enfermizos, convencido de que a su esposa en realidad no le gustaba bailar.

Cuando llegaron, con el ojo de la sudestada justo encima del Faro Artiglio, su padre subió hasta el balcón y comenzó a bailar bajo los rayos y los truenos. La mujer lo siguió e intentó tranquilizarlo, pero don Averno Clementi no entendía razones: forcejeó con ella y, en un movimiento brusco, la golpeó en los pechos, Celia Clementi se fue contra el barandal y su peso se la llevó hasta el fondo de los Acantilados de la Bestia. El viejo miró caer a su mujer durante cuatro segundos completos, presenció la violencia de la caída que la despojaba de sus ropas y atestiguó cómo, casi desnuda, Celia Clementi se desmembraba contra las rocas.

Sus restos jamás los regresó el mar.

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Al otro día, antes de recoger a sus hijos en el pueblo, el viejo tomó ropa, adornos y todo aquello que recordara el paso de su esposa por este mundo y lo arrojó al desfiladero. Nunca volvió a beber y dejó de bailar en público: encerrado en su silencio, se volvió loco, aunque despertaba de su letargo durante la sudestada y, buscando castigo, subía a bailar a la cúpula del Faro Artiglio.

Privados de su madre, presos de su padre en el faro una bola de cristal, los hermanos Clementi crecieron sin defensa ante el enemigo.

Apenas con un gesto, el muchacho perdonó a su padre y el espectro de don Averno Clementi se desvaneció en paz, logrando al fin su salvación.

Esa noche, luego de tantos años, Juan Clementi lloró por fin la muerte de su madre, pero en secreto: jamás se lo contó a Solo.

Ruta 205

Pasaron casi tres años desde el debut de Los Olvidados hasta que un lunes por la noche sonó el teléfono de Juan Clementi. Era su hermano; el viernes siguiente la banda se presentaría en un boliche de Lobos: su primer concierto importante. Hacía casi mil días que Juan tenía marcada esa fecha en su agenda: el día exacto de su muerte.

No solía ir a ver tocar a su hermano y, por salir del paso, resuelto a guardarse en casa del jueves al domingo, Juan respondió que allá lo vería. Pero el miércoles al mediodía lo llamaron de nuevo, esta vez del hospital: Solo se había puesto mal y, aunque fuera de peligro, estaba deprimido y un familiar debía firmar la responsiva.

salvacion-kSolo despertó el jueves en Belgrano y, mientras desayunaban, Juan intentó persuadirlo de que cancelara el concierto, sin adivinar que la interacción con el público era de hecho su único alimento.

—Los chicos se iban hoy en el micro de los instrumentos —dijo Solo—; a estas horas ya deben estar en Lobos. ¿Me llevás vos en ese auto tan lindo que tenés? —le preguntó con sarcasmo— Sus asientos se reclinan, ¿cierto?

Como nunca, Juan reconoció en la mirada de Solo los gestos y las señas que aprendieran de niños; y como siempre, con todo el amor que sentía por él, accedió.

Al otro día los hermanos Clementi tomaron la Ruta 205 rumbo a Lobos. Solo se buscó un cigarrillo en su campera de jean, pero lo que encontró fue un casete con algunos demos de la banda; lo metió en el tocacintas y, luego de unos segundos de ruido, unos acordes suaves y una voz de lija se acoplaron en una textura perfecta, como el azufre y el mercurio, y la vida estalló de pronto en los parlantes.

—Los Olvidados… —susurró Juan, pero su hermano pensaba en otras cosas.

—¿Por qué me llamaron “Solo”? ¿Lo sabés?

—No, no lo sé en realidad —respondió Juan—, pero recuerdo que el viejo era hincha de El agente de C.I.P.O.L. Quizá te nombró así por “Napoleón Solo”…

—Así que tengo por nombre un apellido… —meditó Solo y le nació una sonrisa divertida— Escribiré una canción sobre ello…

Juan comprendió en ese momento la naturaleza de los impulsos artísticos y sus fuentes infinitas, y se sintió feliz de que su hermano dirigiera su energía de esa forma. Pero el “impulso” se desbordó de pronto:

—¡Eso es! ¡Ya casi tengo la canción! —exclamó Solo— ¡Regresaremos hoy después del recital y comenzaré a trabajar de inmediato! ¿Me puedo quedar unos días en tu departamento?

Juan no respondió: según sus cálculos, su muerte ocurriría esa misma noche.

Al llegar a Lobos, luego de dejar a Solo en la prueba de sonido, Juan se aseguró de que el regreso de Los Olvidados a Buenos Aires lo hiciera un taxi.

El concierto

salvacion-lEl concierto salió bien: con apenas ocho temas, la banda reventó la noche. Juan había presenciado el show desde un costado del escenario, junto a los chicos del audio, con quienes compartió las cervezas del cáterin. Regresó a camarines y allí alguien le brindó un poco de faso. Así, cuando los hermanos se encontraron, Juan saludó a Solo con incoherencias sobre fama, giras, riquezas y todo eso que el muchacho intentaba negar con cada estrofa de sus canciones.

—¿Por qué somos tan distintos? —le preguntó Solo con tristeza y le dio la espalda.

Algo muy profundo en el alma de Juan se incendió; intentó responder con argumentos lógicos, pero su juicio se enredaba en su lengua adormecida; tuvo coraje y, en un torbellino de emociones malsanas, golpeó a Solo en la nuca, estrellándolo contra la pared. En ese mismo instante, sin embargo, le quedó claro el motivo:

—¡Ese golpe no fue para vos! —gritó arruinado, aludiendo a su padre.

El chico de Tigre y el estudiante de ingeniería sacaron cargando a Solo del boliche: un taxi ya los esperaba para regresarlos a la Capital. Juan Clementi, a punto de perder el sentido, vigiló el auto con la mirada hasta que dobló la esquina.

Al otro día Juan despertó en un hotel de paso; intentó hacer memoria de lo sucedido, pero el fuerte dolor de cabeza se lo impidió. Entonces recordó que, según sus cálculos, a esas horas tendría que estar muerto. Así, aunque algo desconcertado por su error inusual, regresó a Buenos Aires contento de estar vivo.

Pero un policía ya lo esperaba en casa:

—¿Juan Clementi?— preguntó sin atreverse a mirarlo a los ojos.

El oficial invitó a Juan a sentarse en el living y hasta entonces le comunicó que su hermano había sufrido un accidente en la ruta de Lobos: aunque los otros dos olvidados estaban bien, Solo había muerto con el dolor de huesos rotos y hemorragias internas antes de que llegara la ambulancia.

Juan corrió a su departamento y revisó sus cálculos; repasó los símbolos de su pesadilla y, entonces, al leer de atrás para adelante las ecuaciones, encontró la inconsistencia en un menos que debía ser más: en apenas un momento, supo que su sueño, si bien premonitorio, presagiaba en realidad la condena de Solo.

La luz

Tres días después de que le entregaran el cuerpo de su hermano, Juan Clementi fue hasta los Acantilados de la Bestia y esparció las cenizas de Solo al pie del Faro Artiglio.

Atormentado por su egoísmo, con la culpa de haber creído que uno es siempre el vértice de sus sueños, Juan dejó de soñar. Fueron meses de desconsuelo, pero una noche, sin aviso, del mismo modo en que antes lo hiciera su padre muerto, Solo lo visitó.

Supo entonces que su hermano, igual que un bote a la deriva en la niebla, navegó en el limbo sin rumbo ni tiempo, hasta que el resplandor de un faro místico cortó la nada y le reveló la naturaleza del bien y del mal, la verdad de todas las cosas, mientras lo transformaba en luz.

—Ese fue mi viaje a la salvación —dijo Solo Clementi.

Juan abrió entonces su conciencia y entendió que nunca había dejado de sentir. Si bien por años había mal encausado su sensibilidad, sin ella no hubiera podido leer los símbolos de la vida, hacer predicciones o interpretar los sueños. Iluminado, libre al fin, conoció en vida la esencia del universo: Solo Clementi —el profeta subte de su generación—, lo había salvado también.

De manera anónima, intentando crear algo bueno, Juan donó sus posesiones y, sin tener que demostrarle nada a nadie, renunció a su carrera. Al final, asumiendo su libre albedrío, se negó a pertenecer a cualquier cosa y nadie nunca lo volvió a ver.

Pocos se acuerdan hoy del Faro Artiglio que, desmantelado de sus lentes de Fresnel, yace abandonado en un filo crudo de los Acantilados de la Bestia; existen, sin embargo, historias de navíos arrastrados hasta allí por la sudestada, los cuales afirman que una luz, la más clara de todas, les muestra el camino.

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